1998
La primera hectárea
Compramos un terreno abandonado en Sarandí, con la idea de plantar malbec y ver qué pasaba. El primer año perdimos la mitad de las plantas por heladas tardías, pero aprendimos a leer el clima de la zona.
No seguimos recetas genéricas. Cada decisión, desde el cuidado de la tierra hasta la atención al visitante, responde a un criterio propio que fuimos afinando con los años. Esta página reúne los principios que ordenan nuestro trabajo diario.
La idea es simple: lo que hacemos debe poder explicarse con claridad, sin promesas vacías. Si algo no resiste esa prueba, lo revisamos.
La bodega nació en 1987, cuando la familia decidió plantar las primeras cepas de malbec en un terreno que había sido destinado a la ganadería. La decisión no fue sencilla: el suelo exigía un trabajo de drenaje que tomó tres temporadas completas. Recién en 1992 se logró la primera cosecha estable, con apenas 4.000 kilos de uva que se vendieron a una cooperativa de la zona.
El punto de inflexión llegó en 2001, en plena crisis económica. En lugar de reducir la producción, la familia invirtió en un pequeño tanque de acero inoxidable y empezó a embotellar su propio vino bajo la marca Villa Mariolu. Esa primera partida de 1.200 botellas se agotó en seis meses, vendida en ferias y almacenes de la región. Desde entonces, la bodega creció sin perder su escala familiar: hoy elabora 45.000 litros al año y mantiene la selección manual de racimos como práctica central.
En 2010 se incorporó la primera línea de riego por goteo, financiada con un crédito del programa de desarrollo rural. En 2015, la bodega se sumó al circuito de enoturismo local, abriendo sus puertas los fines de semana para visitas guiadas. Y en 2019, un incendio en el galpón de guarda obligó a reconstruir el sector de barricas; esa experiencia llevó a la familia a instalar un sistema de detección temprana que hoy es referencia entre las bodegas vecinas.
Nuestro trabajo se sostiene en la confianza de quienes comparten el mismo respeto por la tierra y el oficio. Son bodegas familiares, cooperativas de productores y distribuidores que eligen trabajar con criterios claros y de largo plazo.
La lista es corta a propósito. Preferimos vínculos estables antes que una nómina extensa sin sustento real.
La bodega no nació de un plan maestro, sino de decisiones tomadas año tras año, con la tierra como única brújula. Cada etapa dejó una marca concreta: una cepa plantada, un edificio levantado, una cosecha que cambió la forma de trabajar.
1998
Compramos un terreno abandonado en Sarandí, con la idea de plantar malbec y ver qué pasaba. El primer año perdimos la mitad de las plantas por heladas tardías, pero aprendimos a leer el clima de la zona.
2003
Levantamos el galpón de fermentación con ladrillos recuperados de una demolición. Ese mismo año hicimos la primera vendimia completa: 4.000 kilos de uva, prensados a mano y embotellados en damajuanas.
2009
Dejamos de vender vino suelto y lanzamos nuestra primera línea etiquetada. Fue una decisión incómoda: implicaba invertir en vidrio, corcho y un registro de marcas. Pero abrió la puerta a las vinotecas de Buenos Aires.
2015
Incorporamos barricas de roble francés y empezamos a experimentar con crianzas largas. El primer lote salió con un carácter que no esperábamos: más especiado, más profundo. Ese vino se convirtió en nuestro emblema.
2021
Sumamos una huerta orgánica y un salón de degustación con cocina propia. Hoy los visitantes pueden recorrer los viñedos, almorzar con productos de la quinta y llevarse una caja de vinos elegida con calma.
Esta cronología no es un museo: cada fecha sigue presente en la forma en que trabajamos hoy. Las decisiones que tomamos entonces definen el vino que sale de la bodega cada temporada.